Le flâneur

Toda la vida he sido un flâneur sin saberlo.
Creo que la cosa viene por herencia genética, pues ahora que sé que lo soy, intuyo que también lo es mi padre y, si me apuran, también mi abuelo cuando la salud se lo permite.
El primer testimonio de flâneur en mi familia, efectivamente, es el de mi abuelo dando largas caminatas por el barrio de Salamanca en Madrid. Por supuesto esta es una flânerie un poco light, digamos  amateur, de poco riesgo pero quién sabe qué intensidad. Sus buenas historias tendrá el hombre sobre las cosas que ha visto en esos paseos Génova arriba y abajo o dando vueltas por el Paseo del Prado.


Una transeúnte en Teherán

Mi padre, según creo, también goza de los placeres del flâneur. Siempre le he notado una atracción extraña por las calles traseras, los barrios marginales, la innecesidad de ir al taller de coches más lejano de la ciudad o la tienda de cómics más recóndita. Creo que el objetivo de eso no es la calidad del taller o la tienda en cuestión, sino precisamente hacer ese camino, ver cosas raras, perderse, arriesgarse.
Fue él quien me dijo: "a la calle siempre sabes cómo vas, pero nunca cómo vuelves". Precisamente esa es la esencia del verdadero flâneur. Dejarse afectar por lo que pasa a tu alrededor. No vale con observar (eso nos convertiría en voyeur), o ir buscando la experiencia del día (lo que hace el badaud), no. Hay que vagar sin rumbo, perderse en la ciudad, dejarse hacer. Y nunca, absolutamente nunca, rechazar una invitación.
La mayoría de la gente le tiene pánico a la flâneurie y a los flâneurs. Es el miedo a la violación, al asesinato, al robo, a la oscuridad o a lo desconocido. Por eso la mayoría de la gente se mueve en un pequeño círculo, su zona de confort, perfectamente delimitado e higiénico, donde nada inesperado puede pasar. Donde nada puede pasar, en resumen.
En la extensa familia de los S.d.C. creo que he sido yo el que ha llevado la flâneurie a sus cotas más extremas. Creo que ya empecé con 18 años o así cuando iba al centro bajo la excusa de comprar libros. También recuerdo haber ido al campo en el pueblo a montar en bicicleta, solo por el placer de explorar. Por supuesto este es el grado más simple de flâneurismo.
También he sido flâneur en muchas ciudades del mundo, lo que me hace un poco mejor flâneur que mis predecesores. El hecho de hablar muchas lenguas también me ha facilitado la flâneurie. Tengo muchos grandes éxitos a mis espaldas. Una vez flâneé en Montpellier hasta que un pintor retirado gay me invitó a su casa a ver cuadros (la propuesta era honesta, lo juro; descubrí que era gay después, cuando me contó cómo era la vida canalla del mundillo del arte en Francia en los '70). He flâneado en la casa de un eskizo en la Plaza del 2 de Mayo de Madrid, que decía ser Jesucristo y que la única manera con la que se comunicaba era a través de un cartón de porción de pizza en el que escribía. He flâneado por todas las ciudades de Irán en las casas de los que me querían alojar. He flâneado hasta irme a comer con una chica, yonki debutante, que pedía de hambre porque se había escapado de casa.
Sobra decir que como todo flâneur que se precie, me he enamorado mil veces de desconocidas por la calle. Imposible no acordarse del soneto de Baudelaire a la misteriosa transeúnte...
Un éclair... puis la nuit! — Fugitive beauté
Dont le regard m'a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l'éternité?
Ultimamente me pregunto hasta dónde se puede ser flâneur sin perder la cabeza. Me explico... El flâneur no es un turista. El turista puede irse a Punta Cana una semana, y luego volver a su casa como si nada hubiera pasado. El flâneur no puede hacerlo. La flâneurie, cuando se hace en serio, pesa y duele en el alma como un tiro de bala, pero es adictivo como la peor droga.
Por ejemplo, si uno es un verdadero flâneur, un flâneur hasta el final... ¿qué se hace si esa passante se da la vuelta y dice que se ha enamorado perdidamente de ti? Si eres un flâneur como dios manda, irte con ella. Pero, ¿cuántas veces puedes hacer eso? ¿Una, dos, diez, cien? Desde luego, llega un momento en el que uno deja de ser una persona normal, se desengancha del mundo como se desengancha un vagón de la locomotora, y se convierte en un flâneur a tiempo completo, a la deriva por una vía férrea abandonada. Tiene sus peligros.
Me pregunto dónde está el límite, hasta dónde uno puede llegar sin convertirse en un puro flâneur de la vida. Todos lo hemos visto: esa persona extraña y solitaria que se sienta a mirar, que de vez en cuando murmura una frase inconexa a alguien que pasa y luego sigue su camino.
Por suerte, yo no creo estar cerca de ese punto. Me gusta observar, meterme en la vida de la gente, pero me cansa demasiado como para hacerlo constantemente. De vez en cuando me gusta quedarme en casa todo el día, como he hecho hoy.
Sin embargo, siempre me queda la duda de las extrañezas que habría visto, las casas a las que habría entrado, las mujeres de las que me habría enamorado... Ô toi que j'eusse aimée, ô toi qui le savais!

* * * * *

PD: Aprovecho para hacer un poco de autobombo. También he flâneureado literariamente o, mejor dicho, mi protagonista es un gran flâneur. Un parrafito...

París, ciudad eterna.
Sus calles se extienden por las eternidades del tiempo, más allá del espacio físico.
Un tiempo viscoso y denso se pegaba, al igual que la suciedad, a la piel del marqués cuando miraba a los transeúntes sentado en el Quai du Marché Neuf, el Quai de la Corse o el Quai aux Fleurs, en la barandilla junto al Sena o directamente sobre el suelo. Los minutos pasaban como el río de Heráclito, igual y diferente a la vez, como un río de lava inexorable y lento, lento.
Cuando se cansaba de mirar a los turistas y a los vendedores de libros baratos deambulaba sin rumbo por las calles. Era entonces cuando de verdad percibía el carácter eterno de la ciudad. Podía pasar una tarde entera caminando en una dirección para descubrir que no había penetrado en la urbe más que si hubiera agujereado la cáscara de un huevo. Entonces no le quedaba más remedio que desistir en su empeño, dar media vuelta y encaminarse otra vez hacia el Barrio Latino. Allí caía exhausto en el sofá de la casa de su sobrina, y dormía. Tras la noche salía temeroso el sol y el mismo día regresaba una y otra vez. Volvía a ir al Quai, volvía a mirar las caras repetidas de los turistas, volvía a deambular sin destino por las entrañas de la ciudad infinita, París.

Más allá de la Luna, J. Ignacio Sáenz del Castillo  

2 comentarios:

  1. une nuit que j'étais près d'une affreuse juïve j'ai vu un flâneur et j'ai voulu lire sa vie

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  2. Lo último del flaneurismo de un SDC ha sido un paseíto por el barrio se San Blas de Madrid, con parada en una chocolatería típica de barrio a tomar un cafetito con churros, por supuesto, no se como volvimos.

    Gracias Nacho por tu blog, me encanta.

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